Tumbas con forma de figura humana, son una tradición funeraria. Están ubicados en peñas de gran altura, a 2,400 metros de pared rocosa vertical y miden más de 2 metros y medio de alto. Estos entierros se ubicaban en lugares de difícil acceso, como grutas, acantilados y laderas empinadas. El objetivo era que los sarcófagos jamás sean visitados y los cuerpos momificados puedan descansar en paz por toda la eternidad.
Estos llamativos entierros se descubrieron en 1985 por el arqueólogo de nacionalidad peruana Federico Kauffmann Doig en el barranco de Karajía. Los siete sarcófagos descubiertos estaban diseñados para sepultar los cuerpos momificados de forma individual, en posición fetal, envueltos con mantos de algodón y mirando de frente. Es importante mencionar que existió un octavo sarcófago, sin embargo, fue destruido por la naturaleza, cayéndose por el precipicio a raíz del terremoto que afectó la zona en el año 1928.
Los Chachapoyas tenían la tradición de proteger a sus muertos del paso del tiempo, es por esto que los sarcófagos están ubicados en lugares abruptos y al borde de precipicios. Gracias a su ubicación en el barranco de Karajía, no se corre el riesgo de que crezca la vegetación ni de que se concentre humedad en torno a ellos. Los también llamados “Purunmachos” por su forma antropomorfa, son hechos principalmente de arcilla, ichu, paja y unidos por argamasa de barro. Asimismo, fueron decorados por capas de pintura facial y corporal de color blanco humo y rojo ocre.
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